–¡Mira que en la viña del Señor se ve de todo! Es como un jardín lleno de flores delicadas y hermosas, otras, más sencillas y humildes. Y a pesar de que pertenecen al mismo jardín, no todas corren la misma suerte –le comentaba Lucy a Evelyn.
–¿Por qué dices eso?
-¿Te acuerdas de Margarita? –respondió Lucy, con pena.
-No. No sé de quién hablas.
-Sé que cuando te hable de aquella flor canela, que por el ébano de su piel era marginada por sus compañeros en la escuela, sabrás de quién se trata.
Hace seis décadas, desde que abrió sus ojos al mundo, fue motivo de conflicto en su familia. Su niñez estuvo marcada por el dolor, fruto de la falta de amor, carencia económica y entorno social. Pero debido a su ingenua y tierna vida, vivía feliz en la calle del oscuro barrio donde habitaba. Vivió su niñez a merced de la compasión de los vecinos. Creció amada por el prójimo más que por su propia familia. Nunca conoció a su padre biológico hasta el día de su muerte. Conociendo también, el porqué de su apodo: “Flor canela”.
Su madre había formado otra familia, y Luis Antonio, el nuevo hijo, que a pesar de nacer del mismo vientre parecía europeo, se fue quedando con el amor de su madre.
Pasaron varios años, y como todo lo que el Señor crea, lo cuida y lo protege, Margarita no era la excepción. Ella tuvo la oportunidad de abrirse camino en la vida por sí sola, logrando con el tiempo, ser una enfermera graduada. Trabajó arduamente, ganándose el respeto y el cariño de los demás. En el amor, fue una mujer de perdidas esperanzas. Por lo que le sobraba tiempo y lo empleaba en aquellos menos afortunados, como los deambulantes o cuidando de algunos envejecíentes que no se pueden valer por sí solos.
Su hermano, haciendo alarde de su atractivo, y apoyado en la ceguera de su madre, se encaminó por el sendero de la perdición. No tenía empleo, trabajaba cuando le parecía y cuando lo hacía, lo poco que ganaba lo invertía en ese dominante líquido de olor agradable que arde con llama azulada.
Su padre también hacía uso de ese maldito licor, el cual hace que el cerebro se seque, causando dolor y sufrimiento con sus hirientes y estúpidas palabras, a aquellos que dicen querer. Fueron muchas las veces, que tanto Margarita como su madre, derramaron lágrimas de sangre, tantas las veces que esas infelices vivieron el maltrato al lado de esos dos salvajes.
Un buen día, en una acalorada discusión, tratando ella de defender a su madre, Luis extremadamente exaltado, haló por un cuchillo dejando una huella profunda, de esas que marcan para siempre, en el rostro de su hermana. La joven se fue de la casa y nunca actuó en contra de su hermano.
Al cabo de dos meses, Margarita decide ir a ver a su madre, y en el camino la detiene un vecino y le dice:
–Margarita, mejor es que no subas a casa de tu madre, porque tu hermano, tergiversando lo sucedido, llevó el caso a la policía, prohibiéndote la entrada a la casa nuevamente.
–¡No me digas! Eso se le ocurrió hacer a mi brillante hermano –dijo Margarita, mientras sufría en silencio y sentía que su progenitora le falló como madre. Pero aún así su amor por ella no disminuyó. Se puso de acuerdo con el buen vecino, para que él sacara a la viejecita al balcón los domingos, y desde la casa de él, a través de la distancia, ella poderla ver. Y así lo hizo por largo tiempo.
Transcurrieron los años, una tarde, estando Margarita trabajando en el hospital, recibe un mensaje de Luis.
–¡Hermana, necesito verte, es urgente!.
Ella se sorprendió… pero aún así acudió a su llamado, por el zigzag de lo escrito.
Y allí, uno al lado del otro, unidos a pesar del muro que tan diferente cuna crió a los dos, ella lo observaba, como diciendo, “ahora te acuerdas de mí”. Y fueron muchas las cosas que pasaron por su mente…
Mientras Luis, olvidando el dolor que le había causado, que tal parece haber lavado una vez más su recuerdo en el alcohol”, temerosamente le pedía perdón. Quería despojar su alma, antes de que Dios cerrara sus ojos.
–Perdóname –decía Luis, quebrándosele su voz y sus ojos bañados en lágrimas–. Quiero que estés a mi lado, ¡no me dejes solo! –decía con voz apagada.
–¿Qué has hecho con tu vida, hermano?
–¡Calla, no digas nada! Ya sé que he pagado con creces el daño que les hice. Pero por favor, perdóname, porque a ti te humillé, te maltraté y hasta te llegué a odiar; y no sabes como me arrepiento, como me duele haberte ofendido tanto, “mi flor canela”. Por favor, no te apartes de mí –decía, lentamente, arrastrando su voz. Y así como pudo, abrió los ojos, y le regaló una mirada, en la que dijo más que veinte palabras dichas.
–No te preocupes, descansa, yo estoy aquí... y te he perdonado.
–¡Por favor! Llama a mamá y dile que venga –decía en forma de súplica.
– Sí… la llamo ahora –suspiraba Margarita.
Y tomando sus manos, vio pasar el pasado, pero pudo más la sangre que el coraje… Y tembló, pensando en lo que aquello significaba.
Minutos después expiró.
Y en aquella tarde que iba y se detuvo, Margarita logró capturar un poco del amor que pudo haber tenido de su hermano, pero llegó, demasiado tarde...
Alice Ravelo