lunes, 18 de enero de 2010

Semejanza


Caminando por la caliente arena
de la mar azul y embravecida,
pude observar el lento vuelo
de una hermosa gaviota herida.

Iba cansada y muerta su esperanza
y cayó en la mar embravecida,
así muchas veces en el mar de mi vida,
he caído como gaviota herida.

Pero como un arroyo se convierte en un río,
mi fe cambió mi ser en un árbol florido,
y comprendí en ese gesto Supremo
que para llegar a Tí,
fue menester haber estado herido.

miércoles, 13 de enero de 2010

Como sucumbe mi patria



Me duele ver mi mundo como ha sucumbido
perdiendo los valores y los buenos principios.
Haciendo uso de todo lo indebido,
cada cual construyendo su propio paraíso.

Y como renuncia a Dios el delincuente,
así tranquilamente vive mi gente.
Hay mucho desaliento y pocos bríos
en esta sociedad sin desatino.

Y así como en la mar parte el navío,
la fe de nuestra gente va muriendo.
Y como el ciego junto al libro abierto
nadie ve lo que está ocurriendo.

¡Cuánto anhelo regresar a lo que fuimos!
caminar por las calles sin tener enemigos,
escuchar de los pájaros su dulce trino
y no disparos al aire sin destino.

Quisiera ver un Puerto Rico tranquilo,
sin necesidad de volar a otro mundo,
ni renunciar a lo que antes quisimos
porque mi gente haya perdido el rumbo.

En este lindo y pequeño terruño
dejó Dios depositada su alma,
por eso me duele en lo más profundo
como ha sucumbido mi Patria!

sábado, 9 de enero de 2010

La fuerza del amor

–¡Mira que en la viña del Señor se ve de todo! Es como un jardín lleno de flores delicadas y hermosas, otras, más sencillas y humildes. Y a pesar de que pertenecen al mismo jardín, no todas corren la misma suerte –le comentaba Lucy a Evelyn.
–¿Por qué dices eso?
-¿Te acuerdas de Margarita? –respondió Lucy, con pena.
-No. No sé de quién hablas.
-Sé que cuando te hable de aquella flor canela, que por el ébano de su piel era marginada por sus compañeros en la escuela, sabrás de quién se trata.
Hace seis décadas, desde que abrió sus ojos al mundo, fue motivo de conflicto en su familia. Su niñez estuvo marcada por el dolor, fruto de la falta de amor, carencia económica y entorno social. Pero debido a su ingenua y tierna vida, vivía feliz en la calle del oscuro barrio donde habitaba. Vivió su niñez a merced de la compasión de los vecinos. Creció amada por el prójimo más que por su propia familia. Nunca conoció a su padre biológico hasta el día de su muerte. Conociendo también, el porqué de su apodo: “Flor canela”.
Su madre había formado otra familia, y Luis Antonio, el nuevo hijo, que a pesar de nacer del mismo vientre parecía europeo, se fue quedando con el amor de su madre.
Pasaron varios años, y como todo lo que el Señor crea, lo cuida y lo protege, Margarita no era la excepción. Ella tuvo la oportunidad de abrirse camino en la vida por sí sola, logrando con el tiempo, ser una enfermera graduada. Trabajó arduamente, ganándose el respeto y el cariño de los demás. En el amor, fue una mujer de perdidas esperanzas. Por lo que le sobraba tiempo y lo empleaba en aquellos menos afortunados, como los deambulantes o cuidando de algunos envejecíentes que no se pueden valer por sí solos.
Su hermano, haciendo alarde de su atractivo, y apoyado en la ceguera de su madre, se encaminó por el sendero de la perdición. No tenía empleo, trabajaba cuando le parecía y cuando lo hacía, lo poco que ganaba lo invertía en ese dominante líquido de olor agradable que arde con llama azulada.
Su padre también hacía uso de ese maldito licor, el cual hace que el cerebro se seque, causando dolor y sufrimiento con sus hirientes y estúpidas palabras, a aquellos que dicen querer. Fueron muchas las veces, que tanto Margarita como su madre, derramaron lágrimas de sangre, tantas las veces que esas infelices vivieron el maltrato al lado de esos dos salvajes.
Un buen día, en una acalorada discusión, tratando ella de defender a su madre, Luis extremadamente exaltado, haló por un cuchillo dejando una huella profunda, de esas que marcan para siempre, en el rostro de su hermana. La joven se fue de la casa y nunca actuó en contra de su hermano.
Al cabo de dos meses, Margarita decide ir a ver a su madre, y en el camino la detiene un vecino y le dice:
–Margarita, mejor es que no subas a casa de tu madre, porque tu hermano, tergiversando lo sucedido, llevó el caso a la policía, prohibiéndote la entrada a la casa nuevamente.
–¡No me digas! Eso se le ocurrió hacer a mi brillante hermano –dijo Margarita, mientras sufría en silencio y sentía que su progenitora le falló como madre. Pero aún así su amor por ella no disminuyó. Se puso de acuerdo con el buen vecino, para que él sacara a la viejecita al balcón los domingos, y desde la casa de él, a través de la distancia, ella poderla ver. Y así lo hizo por largo tiempo.
Transcurrieron los años, una tarde, estando Margarita trabajando en el hospital, recibe un mensaje de Luis.
–¡Hermana, necesito verte, es urgente!.
Ella se sorprendió… pero aún así acudió a su llamado, por el zigzag de lo escrito.
Y allí, uno al lado del otro, unidos a pesar del muro que tan diferente cuna crió a los dos, ella lo observaba, como diciendo, “ahora te acuerdas de mí”. Y fueron muchas las cosas que pasaron por su mente…
Mientras Luis, olvidando el dolor que le había causado, que tal parece haber lavado una vez más su recuerdo en el alcohol”, temerosamente le pedía perdón. Quería despojar su alma, antes de que Dios cerrara sus ojos.
–Perdóname –decía Luis, quebrándosele su voz y sus ojos bañados en lágrimas–. Quiero que estés a mi lado, ¡no me dejes solo! –decía con voz apagada.
–¿Qué has hecho con tu vida, hermano?
–¡Calla, no digas nada! Ya sé que he pagado con creces el daño que les hice. Pero por favor, perdóname, porque a ti te humillé, te maltraté y hasta te llegué a odiar; y no sabes como me arrepiento, como me duele haberte ofendido tanto, “mi flor canela”. Por favor, no te apartes de mí –decía, lentamente, arrastrando su voz. Y así como pudo, abrió los ojos, y le regaló una mirada, en la que dijo más que veinte palabras dichas.
–No te preocupes, descansa, yo estoy aquí... y te he perdonado.
–¡Por favor! Llama a mamá y dile que venga –decía en forma de súplica.
– Sí… la llamo ahora –suspiraba Margarita.
Y tomando sus manos, vio pasar el pasado, pero pudo más la sangre que el coraje… Y tembló, pensando en lo que aquello significaba.
Minutos después expiró.
Y en aquella tarde que iba y se detuvo, Margarita logró capturar un poco del amor que pudo haber tenido de su hermano, pero llegó, demasiado tarde...

Alice Ravelo

La enfermedad de un campesino


Cuando los análisis del laboratorio dijeron con su lenguaje contundente que Mario tenía lupus, el campesino bien asombrado, sin tener idea de lo que era esa enfermedad, lo tomó en serio.
–Lupus, ¿qué es eso? –dijo Mario, tartamudeando.
–Es una enfermedad crónica e inflamatoria que puede afectar varias partes del cuerpo; y causa problemas muy serios, y hasta amenazar la vida –dice el doctor.
–Maldita sea mi suerte, mi vida, mi trabajo, el médico que me atiende y todo el mundo –dijo bien molesto–. Yo que soy un hombre que no puedo estar quieto ni un minuto, y ahora me dicen que esto es una enfermedad crónica, que tengo que estar en el hospital acostado. A mí no me va a matar el lupus, sino el disgusto de estar como un muñeco de vitrina, quietecito en una cama.
A la semana siguiente, ingresó en el hospital. Al cabo de dos días de cama, ya estaba insoportable. Compartía el cuarto con dos enfermos más. En la primera cama estaba Luis, un hombre ciego físicamente, pero también interiormente, porque la sombra de sus problemas habían oscurecido su alma, y estaba deprimido. En la tercera cama, estaba Ramón, a éste, algo grave le debió haber pasado, porque no hablaba ni hacía nada.
Tratando Mario, de hacer amistad, le preguntó a Luis:
–¿Sabes que le pasa a Ramón?
–No sé. En el tiempo que llevo aquí no lo he escuchado hablar –respondió Luis, sin mucho ánimo.
–¿Cómo se puede pasar el tiempo mudo? –comenta Mario–. Yo sólo llevo dos días y ya me estoy volviendo loco. Menos mal, que mi cama está frente a la ventana y por lo menos me puedo distraer mirando la vida de la calle desde el cuarto.
Así transcurrían las horas, cada vez que Mario veía algo interesante le contaba a Luis para darle animo, ya que sus ojos sólo veían de los colores, el negro.
Era ya mediodía, y al mirar a la calle vio a una joven vendiendo lotería.
–Si yo estuviera fuera de aquí, hubiera comprado un pedacito y quizás me hubiera pegado; pero aquí encerrado, ni las moscas se me pegan –refunfuñaba Mario.
Así concluían los días y las tardes, y mirando el cielo enlutar la ventana, Mario se quedaba dormido.
A la mañana siguiente, el deslumbrante astro, lo acarició a través de la ventana.
–Un día más, la misma rutina… dijo con tristeza, el campesino–. No queda más que observar a través de la bendita ventana y ver que hace la gente, porque si no el aburrimiento me va a liquidar primero que el lupus.
Llevaba rato mirando, cuando de momento, vio pasar a un hombre que caminaba de espaldas.
–Dice Mario– ahí va pasando un hombre borrachiiiito como un perro y, lo interesante de todo, es que va caminando de espaldas–. ¿Por qué caminará así?
–Porque los hombres grandes llegan donde quieren ir, aunque caminen de espaldas y con los ojos cerrados, –respondió Luis–.
–Así me gusta oírte hablar –dijo Mario, con alegría.
Durante aquellos días y aquellas largas noches en aquel hospital; Mario con sus conversaciones jocosas, había logrado sacar a Luis de la depresión en que estaba sumergido. Más sin embargo, con Ramón no logró nada, ni sacarle aunque fuera una media sonrisa. Sintió tristeza y lástima por él, parecía que estaba luchando contra un gran combate interior.
Había cumplido Mario, el tiempo en el hospital. Esa mañana, la enfermera abrió la puerta… y al campesino se le formó un nudo en la garganta. A pesar de que quería respirar el aire de afuera, no quería irse dejando allí a sus compañeros de cuarto; especialmente a Luis, con quien había logrado una buena amistad.
Mario se levantó de la cama, se detuvo frente a la ventana…pensando como se iba a despedir. Fue donde Ramón, le puso la mano sobre su frente, lo bendijo y sonrió. Luego se acercó a Luis y le dijo:
–Amigo, creo que el tiempo no fue malo de un todo.¡Las cosas son como Dios quiere, no hay mal que por bien no venga!...
–Así es, ¡Bendito lupus! –exclamó Luis.
Alice Ravelo